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Las paredes protegen propiedades, casas, herencias, se elevan entre países marcando delimitaciones, separando culturas o ideologías (Gaza, Alemania, Tijuana, Pompeya, la más grande de todas la de China, solo por mencionar). Se edifican para diferenciar clase o nacionalidad, para impedir la tentación o eliminar la vista de lo más feo o lo más hermoso.
Paredes hay muchas. En unas se llora (el muro de los lamentos), en otras se reza (el monumento a los caídos en Vietnam en DC) y en otras mas simplemente se sufre (como en el muro de la vergüenza que separa México de USA o Wall Street). Falso es que la pared nació en la mente, nació con la propiedad privada. Impide, contiene, retiene, sostiene. Se escala, se derrumba (como en el filme The Wall de Pink Floyd), se construye o se pinta; ya con un mural, ya con un grafiti, ya con sangre.
En la Edad Media fueron famosos los soldados que llegaban primero a la cima del muro venciendo la amenaza del aceite caliente, las flechas o los venenos. Famosos fueron también los arquitectos que diseñaron las fortalezas más impenetrables, los inventores –incluido Leonardo Da Vinci- que ingeniaron grúas y otros sistemas para derribar paredes. Pero también años mas tarde, ya en el Renacimiento, los artistas autores de grandes frescos y murales que adornaron edificios públicos y templos en Europa, como Michelangelo. Pero también en Asia, en Africa y en América… Imaginen ustedes ahora la ciudad maya de Bonampak cubierta de colores desde su entrada hasta el final de la última pirámide. ¿Impresionante qué no?

Alberto Roblest
I don’t need no arms around me
And I don’t need no drugs to calm me.
I have seen the writing on the wall.
Don’t think I need anything at all.
All in all it was all just bricks in the wall.
All in all you were all just bricks in the wall.
— Pink Floyd, “The Wall“